domingo, 17 de febrero de 2013

miércoles, 22 de diciembre de 2010

LA PLACIDEZ

No sé si en estos tiempos de inquietud por todo, escribir sobre esta situación anímica del hombre se puede considerar un sarcasmo porque la etimología de la palabra “cualidad de plácido”, implica todos estos adjetivos: quieto, sosegado, sin perturbación, grato y apacible. Hubo un hombre (luego fue santo) en el siglo V llamado así, Plácido, que, según se cuenta, murió plácidamente en su lecho de Monte Casino aunque parece ser que no fue así si tenemos presente que otras versiones nos lo dan como un mártir de la fe que fue más o menos decapitado. Lo cierto es que, pese a las turbulencias y negros augurios que nos persiguen ahora, podemos encontrar aún reconfortantes escenas que, al menos efímeramente, nos hacen ver esa quietud, sosiego y apacibilidad.

No hay más que darse una vuelta por los parques de las ciudades y las plazas recónditas de pequeños pueblos para ver esos cándidos grupitos de mayores ya descargados de obligaciones laborales y no sólo ancianos, que desafían nuestras inquietudes sentados al sol o a la sombra, según proceda, mostrándonos esa paz, ese sosiego envidiables que la gran mayoría de las personas quisieran tener. ¿Hay que llegar a viejo para eso? Bueno, ellos también tienen lo suyo.

Al hilo de esto, me gustaría relatar un hecho anecdótico del que tuve ocasión de ser protagonista. Me encontraba yo casi en situación de placidez, sentado en un parque madrileño contemplando el verdor circundante y, a la vez, entre los árboles que flanqueaban esa glorieta, la figura enhiesta y majestuosa de la torre de la televisión, cuando se me acercó pausadamente un personaje ya mayor, tímido en principio, quien tras saludar escuetamente, se sentó a mi lado; yo diría que llevaba “puesta” la placidez en su semblante. Bien, en un par de minutos y creo que so pretexto de entablar conversación, plácida, tranquila, por supuesto, preguntó sobre la parada más próxima de autobús que podría llevarle de regreso a su lugar de residencia de mejor forma; traté de sugerirle lo que yo estimaba más fácil y él asintió. Y ya, con sosiego, sin duda feliz (luego comprobé que se llamaba Feliz de apellido) por vislumbrar cierta receptividad en mí, se puso a hablar y me relató una larga serie de episodios que, no por larga, dejó de interesarme. Se trataba de un fraile franciscano ya liberado de sus tareas evangélicas, dada su edad, que vivía en un convento muy cercano al parque de El Retiro, pero en esta ocasión se había hecho unos kilómetros andando ¿quizá buscando la placidez? Había estado en las misiones del Perú, lo que trató de adverar enseñándome una zampoña, instrumento muy usual allí, que llevaba en una bolsa. Me refirió detalles de su formación religiosa y hasta sabía que en mi pueblo existía una comunidad de monjas de su orden. Pero lo más sorprendente fue el comprobar qué memoria tan prodigiosa tenía cuando me dijo que no había olvidado la lista de partidos judiciales de cada provincia y me lo demostró empezando por Alicante, Albacete y, finalmente, para no hacer la nómina más exhaustiva, Zamora, su tierra. Estuvimos hablando más de una hora y en ese tiempo no pueden imaginarse la cantidad de temas que tocamos, pero él hablaba y yo escuchaba muy interesado y no tuvo inconveniente en manifestar que rezaba por Rodríguez Zapatero todos los días, ya ven, también la política entró en escena. A la hora de despedirnos pusimos las cartas de la edad boca arriba y me hizo verificar que tenía 89 años. Él, tranquilo, pleno de placidez, emprendió el regreso a su convento y yo puedo contar ahora, muy sintetizado todo lógicamente, esta experiencia simpática de un fraile viejecito pero con unos arrestos increíbles.

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

martes, 5 de octubre de 2010

LA PARIDAD

Muchos años llevan las mujeres tratando de conseguir que se les considere capacitadas para hacer lo mismo que han hecho y hacen los hombres en cualquier profesión y en los diversos estadios que conforman el desarrollo y la evolución de la sociedad. Naturalmente que lo están y cada vez más disputan con ventaja intelectual y preparación a aquellos que ejercen funciones de todo tipo en el campo laboral, artístico o científico, eso nadie lo niega porque está a la vista. En profesiones hasta hace poco vedadas a las féminas por razones fisiológicas, hoy día han demostrado (con razonables excepciones naturales) que pueden subirse a un coche de bomberos, ponerse un traje de campaña y arrastrarse por el suelo con un “cetme” en la mano o detener delincuentes luchando con ellos a brazo partido, si es preciso, todo esto como ejemplos representativos de igualdad física con el hombre.
Se dice que aún falta mucho para que pueda estimarse “completado” ese proceso que conduce en todos los ámbitos de la vida a no distinguir en absoluto si esto o lo otro está hecho por una mujer o por un hombre, es decir, que cualquiera de los dos géneros lo puede realizar y ha de ser recompensado o retribuido por igual. Este es, todavía, uno de los caballos de batalla que emergen a la hora de comparar cuánto se paga a uno u otra por el mismo trabajo, esto es, el lógico axioma de que a igual tarea, a idéntica responsabilidad, tiene que corresponder el mismo salario. Pero no es así siempre, ni mucho menos, aunque, en honor a la verdad, uno ha podido ver en su larga vida profesional que sí se ha respetado y se respeta cada día más esa justa equivalencia, en términos generales, pues, además, en los convenios colectivos no se distingue el sexo del trabajador en los baremos saláriales por categorías o especialidades y eso ha de cumplirse.
Pero, con ser importante no es esto lo que se maneja ahora con más insistencia, sino el acceso de la mujer a puestos relevantes de la administración, la empresa o la política, por ejemplo, pretendiéndose por los más progresistas que haya una nivelación absoluta de sexos con eso de las cuotas, lo que es sencillamente artificial porque supongamos que en un conjunto de diez directivos hay seis mujeres y cuatro hombres, cuya distribución numérica no se ha hecho por razones matemáticas sino porque, desde un punto de vista práctico, se ha tenido en cuenta el talento y la preparación de aquéllas, que las han llevado a donde están; entonces, si nos atuviéramos a la ecuación obligatoria hombres=mujeres, ¿tendríamos que prescindir de una de ellas, desaprovechando su probada capacidad para desempeñar la función que llevaba a cabo? Flaco favor se haría a las mujeres en este caso. Y lo mismo sucedería si invirtiéramos el supuesto. Y no se piense que esto es cosa de estos tiempos, pues ya a finales del siglo XVIII, en una revista de aquella época había un artículo escrito por una mujer que llevaba este título tan sugestivo: “En defensa del talento de las mujeres y de su aptitud para el gobierno” Y hay más, en 1775 ya ingresaba en la Real Academia Española una fémina, eran los tiempos de Jovellanos y éste estaba a favor de esta apertura en contra de otros criterios no digamos más machistas, sino más radicales.
De todos modos, si volvemos la vista a la Universidad, no hay nada como darse una vuelta por cualquiera de las facultades, por ejemplo la de Ciencias de la Comunicación para comprobar que las chicas han desbordado el nivel de los hombres y, asimismo, lo podemos observar en la vida diaria asistiendo a las consultas médicas, en las que en muchos casos, ellas prevalecen en número sobre sus colegas masculinos, con toda naturalidad y eficacia. Asimismo se constata el incremento en la administración de justicia de las jueces (me resisto a emplear la expresión “las juezas” porque aunque creo que ahora también se puede decir así, soy muy clásico, que no inmovilista, pero esta cuestión es otra cosa y ahora podemos comentar, de pasada, algo sobre ello. En efecto, llevados algunos, quizá muchos, de esa fiebre exagerada de considerar injusta toda terminología que “parezca masculina en exclusiva”, se creen en la necesidad de decir, por ejemplo, los ciudadanos y las ciudadanas (los vascos y las vascas, que ha quedado como paradigma), pensando que dentro de “los ciudadanos” sólo están los hombres; esta innecesaria manera de hablar, cuando menos insustancial, está proliferando enormemente, ya hasta los celebrantes de la misa, que, al comenzar su homilía, dicen “hermanos y hermanas” y siempre habían dicho “hermanos” y todo el mundo lo entendía. Pero hay más. Los nombres de profesiones que terminan en la vocal “o” se consideran machistas y se tiende a feminizar, también, el término; bueno, pero, entonces “sensu contrario” habría que decir pianisto, deportisto, dentisto, etc. para que los hombres no se sintieran incómodos. Y no debemos olvidar aquella ocasión en que alguien en una expresión oral dirigida a la juventud que escuchaba, dijo jóvenes y jóvenas.
Pero lo que ya desborda el límite entre la sensatez y la estulticia es una decisión de los regidores municipales de una importante población madrileña que han ordenado cambiar la silueta de una persona que figura en las placas de señales de tráfico de los pasos de cebra, poniéndole faldas, en lugar de pantalones, sin tener en cuenta que hoy las mujeres visten esta prenda con prodigalidad y esa representación puede interpretarse como la un simple ciudadano, que puede ser de los dos sexos sin distinción, Además de que, según parece, las autoridades de tráfico ya han manifestado la improcedencia de esa medida, la reacción de algunas mujeres a quien se preguntaba por ello era de estupefacción e indiferencia, haciendo hincapié en que eso no es en absoluto lo que ellas demandan de cara a sus derechos.
(Publicado en CANFALI MARINA ALTA, de Denia, 25 Nov. 2006)

lunes, 14 de junio de 2010

HEMEROTECA Y MICRÓFONOS

Hemeroteca y micrófonos indiscretos

Hay que ver la facilidad con que los políticos proporcionan tema a los periódicos, sobre todo en estos últimos tiempos, en que se prodigan declaraciones, conversaciones más o menos privadas, artículos o entrevistas, afirmaciones rotundas sobre futuros compromisos que con el discurrir de la actualidad han de contradecirse.
Evidentemente, la letra impresa que, como tal, queda perenne y también las grabaciones audiovisuales, éstas más aún, dejan a los profesionales de esa “ciencia”, de la política, frecuentemente a los pies de los caballos si aplicamos esa manera coloquial de hablar. Ahora se han suscitado dos casos palmarios en personajes de distinto signo, lo que demuestra que tanto los que gobiernan como los opositores (este término puede entenderse como adversarios o, si se prefiere, como aspirantes a gobernar algún día), hablan sin tacha y sin mesura y, a menudo, se les va la lengua en público o en privado.
Empecemos por lo que podríamos llamar “micrófonos indiscretos o más bien traicioneros” porque aprovechan la imprudencia de quienes los han utilizado antes para dirigirse al público o a los periodistas, sin asegurarse de que aún siguen conectados y, claro, se oye aunque sea ya en un tono menor, lo que “cascan” los protagonistas. En esta ocasión fue la Presidenta de la Comunidad de Madrid que utilizó unos términos impropios de su consideración social, refiriéndose a alguien que no sabemos exactamente quién es, aunque se da por hecho por algunos de que se trata de una persona concreta. Hace más tiempo fue el propio Presidente del Gobierno quien, al término de una entrevista televisiva, dialogaba fuera ya de micrófonos con el entrevistador que, indudablemente tenía el mismo perfil ideológico, hablando de la crispación que, según ambos, convenía mucho a las estrategias del partido gobernante. Pensaron que nadie les estaba oyendo pero, otra vez la falta de cautela permitió que, al seguir conectados los micrófonos, nos enteráramos de algo que expresaron y que les hizo flaco favor. Hubo en otras ocasiones “meteduras de pata” de parecida índole quizá menos trascendente, como aquello de manda huevos, frase que se le escapó a un Presidente del Congreso de los Diputados, que recogieron, por la misma razón, la prensa y la televisión. Seguramente hay más casos semejantes, pero para muestra basta un botón.
En cuanto a las declaraciones, compromisos, afirmaciones rotundas, etc., las contradicciones son evidentes como los tiempos se han encargado de demostrar y no siempre se producen con el ánimo de quitar hierro al asunto y no crear justificadas alarmas que puedan deteriorar la imagen de los gobiernos a que pertenecen los pronunciantes; hay casos en los que se llega a no decir la verdad y de ello puede dar fe una frase que expresó un ministro en el Parlamento, que provocó la hilaridad de la mitad de los diputados: Nosotros nunca hemos negado la crisis -dijo- Hoy, por desgracia, constatamos que los repetidos augurios positivos que se formularon tiempo atrás carecían de fundamento.

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

LAS RAÍCES GRIEGAS Y LATINAS

Cambian los tiempos, las costumbres y cambian las normas por las que, generalmente, se han venido rigiendo las conductas educativas y sociales de las personas. Efectivamente, teniendo en cuenta cómo se habla y cómo se escribe ahora, con la anuencia de las autoridades del lenguaje llevadas por la inercia de lo que llaman la espontaneidad de los ciudadanos al “crear” nuevos términos o “prostituir” o, por decirlo más suave, alterar los ya existentes, se puede considerar que lo de “limpia, fija y da esplendor” –lema de la Real Academia Española- ha quedado obsoleto. Sobre ello hice ya algún apunte tiempo atrás en este mismo periódico. Parece consecuente que los tres términos no pueden seguir juntos porque, si lo de dar esplendor significa incorporar sin tacha las nuevas y numerosas tendencias del vulgo al idioma, por mucho que se hayan popularizado, lo de limpiar y fijar no se ejerce, no hay criba. Asumo las críticas que estas consideraciones me pueden proporcionar pero creo que hoy día podemos pensar y expresarnos libremente y así lo hago.
Viene esto a cuenta de que, hojeando algún libro de consulta, más que nada por curiosidad y por entretenimiento, me he topado con la palabra referéndum, de la que se dice que el plural más frecuente es referéndums, aunque se recomienda decir el singular anteponiendo el artículo plural los para ese número gramatical del nominativo. Pero –según dicen los libros actuales- es conveniente “españolizar” el término primitivo llamándole referendo y referendos. A los que nos tocó estudiar los siete años de latín como si fuéramos seminaristas, no se nos ha olvidado que en la declinación cuando el nominativo singular termina en um, el plural lo hace en a, como es el caso de la palabra que nos ocupa en este apartado; es decir, debería ser referenda y también el término desideratum, plural desiderata y otros más. Ahora se tiende a lo práctico o, si se quiere, a lo fácil. Bien, si los doctos académicos lo dan por bueno, sigamos la norma.
Estas consideraciones nos conducen inevitablemente a hablar del debatido tema de las Humanidades. Es bien cierto que, por varios factores, están en decadencia, aunque haya muchas voces que tratan de salvaguardarlas; ¿es que estas disciplinas ya no tienen importancia a la hora de la educación de las generaciones actuales? Según se mire, pues ya sabemos que lo relativo prima sobre lo absoluto y esto no siempre es bueno. El latín, el griego, la historia de las civilizaciones (que nada tiene que ver con la alianza), son el manantial de donde la lengua española y también la valenciana han bebido a través de los siglos y se han forjado en una realidad que no podemos separar de aquellos orígenes. De hecho, no pocos símbolos de elementos químicos se basan en la etimología de las dos lenguas clásicas citadas; sólo tres o cuatro ejemplos: Mercurio Hg (hidrargirium), Potasio K (kallium), Sodio Na (natrium), Antimonio Sb (Stibium) Naturalmente, ya cuento con los que dirán que para qué aprender esas cosas, no tienen utilidad, pero el saber no ocupa lugar y nada está de más.
Los romanos y los griegos dieron nombre a multitud de gentilicios todavía vigentes de las lenguas hispanas y a giros y expresiones que se siguen empleando. A modo de corolario y para terminar, vayan unos cuantos casos elegidos aleatoriamente y a vuelapluma: murviedrés, de Sagunto (Murviedro), complutense, de Alcalá de Henares (Complutum), ilerdense, de Lérida (Ilerda), egarense, de Tarrasa (Egara), accitano, de Guadix (Acci), bastetano, de Baza (Basti), astigitano, de Écija (Astigi), urgaonense, de Arjona (Urgabona), iliberritano, de Granada (Iliberri), iliturgitano, de Andújar (Iliturgi), mirobrigense, de Ciudad Rodrigo (Mirobriga), cauriense, de Coria (Caurio), elisano, de Lucena (prov. Córdoba) (Elisana), asturicense, de Astorga (Astúrica Augusta), egetano, de Vélez Rubio (Egeta), bilbilitano, de Calatayud (Bilbilis), alistano, de Alcañices (Aliste). Suficiente. Alguno de estos gentilicios y otros no citados derivan no de nombres de antiguas ciudades, sino de ríos u otros accidentes geográficos y en bastantes casos tienen ya su nombre, digamos, contemporáneo. Por ejemplo, a nadie se le ocurriría ahora llamar iliberritano a un señor de Granada. Muchos más podríamos mencionar, pero por ahora ya basta.

Jesús González Fernández

martes, 11 de mayo de 2010

EL ALTAVOZ

A la hora de titular un artículo no siempre se hace con la precisión y la propiedad que cabría suponerse respecto al texto que va seguido, aunque se procura, al menos, aproximarse con una metáfora al asunto de que se trata. Este puede ser uno de esos casos, puesto que nada tiene que ver, si no es –como decimos- de modo metafórico, ese útil y ya antiguo invento científico que nos permite escuchar con suficiente volumen la palabra o la música que a través de un micrófono se transmite. Pero es que algunas personas tienen “incorporado” permanentemente un altavoz a sus cuerdas vocales y por eso nos obsequian, sin pedírselo nadie, con sustanciosas y enjundiosas conversaciones con sus interlocutores de proximidad en el autobús, en la consulta del médico, en la cola del cine o en la de comprar el pan y en muchas otras circunstancias.
Eso de hablar alto en público se lleva mucho y se dice que los españoles tenemos la patente de tan arraigada locución y también, quizá, del ruido en general; pues qué orgullosos podemos estar de ese vicio tan común. Parece que en ello (no debemos generalizar) el alto tono del habla de algunos es inversamente proporcional al grado cultural que se tenga; si es bajo, la tendencia es a elevar la voz sin que le importe a quien lo hace que nadie tenga el menor interés en escuchar los “relatos o chismes” que contienen frecuentemente tales conversaciones. Ya teníamos bastante con esto para que ahora la fiebre de los teléfonos móviles contribuya a hacernos “más cómoda” la duración de esas esperas para apearnos del medio de transporte que obligadamente hemos de utilizar o de que nos llegue el turno en las consultas o ante las ventanillas de los trámites que tengamos que hacer.
Uno es particularmente inclinado a afrontar en silencio y con tranquilidad esos tiempos que todos tenemos que emplear rodeados de gente hasta que nos llegue el momento de despachar lo que sea y si, por casualidad, se coincide con algún conocido o amigo en cuyo caso, lógicamente, hay que hablar, es preferible hacerlo lo más íntimamente posible porque nadie tiene por qué enterarse de lo que contamos a nuestro interlocutor o viceversa. Pero hay quien no piensa así y da rienda suelta a su espontaneidad verbal habitual sin reparar en dónde se encuentra y quiénes comparten el espacio y la situación con él en un momento determinado.
Pero no sólo es llamativo el hecho de que la intensidad de decibelios verbales supere lo razonable en términos ordinarios, no ya técnicos, sino que la verborrea en que se incurre muy a menudo por parte de quien le gusta que le escuchen sin escuchar a los demás, es manifiesta y ya lo dice el refrán: quien mucho habla, mucho yerra. Así es que, señores, procuremos comportarnos como requiere la buena convivencia y hablemos con prudencia y en tonos acordes con el respeto que nos debemos unos a otros, puesto que no hay necesidad de levantar la voz salvo en casos en que nos dirijamos a personas que, lamentablemente para ellas, están afectadas por una hipoacusia más o menos significada.

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

lunes, 15 de marzo de 2010

LAS INCOMPRENSIONES

Hay un abundantísimo abanico de hechos, actos, decisiones o comportamientos en la sociedad que nos ha tocado vivir, que haría falta mucho más espacio del que razonablemente puedo utilizar para no sobrepasar la amabilidad con que la Dirección de CANFALI acoge mis escritos. Voy a condensar, pues, todo lo que pueda para que no sea así.
Las incomprensiones, es decir, el hecho de no entender el porqué de ciertas cosas que pasan, parece que atañen, sobre todo, a los matrimonios, ya sean canónicos, civiles u otras uniones que ahora se dan pródigamente, que no llegan a eso de hasta que la muerte nos separe. Y digo esto porque cuando nos enteramos de que una pareja próxima, conocida o anónima (que ni nos va ni nos viene) solemos decir que no entendemos qué puede haber pasado para que haya sucedido la ruptura y en seguida pensamos en aquello tan manido –pero cierto- de la falta de aguante por parte de uno, del otro o de los dos. Hoy día ni siquiera eso se compadece con la facilidad y la frecuencia con que famosos, famosas o famosísimos se casan y se “descasan” en menos que canta un gallo y, a lo mejor, en unos meses o en unos años, se vuelven a casar entre sí. Son tan frívolas y caprichosas las actitudes de esa gente que no hay día que no tengamos algo de eso. ¿Esto es serio?, pues no. Ahora bien, hay situaciones dramáticas en que ese aguante es imposible y, lamentablemente, desemboca en actos de violencia y, como consecuencia, en la muerte, generalmente de la mujer. Y esta es una de las incomprensiones más evidentes que se nos viene al pensamiento, ¿se puede comprender que haya personas capaces de hacer esa horrible acción?, rotundamente, no.
Pero la variedad del abanico a que nos referimos al principio es tal que bajo la pregunta ¿cómo se puede comprender esto?, tenemos a la vista un montón de casos sin respuesta posible. Aleatoriamente y a vuelapluma podemos exponer algunos.
La Justicia que, naturalmente, hay que aplicarla de acuerdo con las Leyes, toma decisiones, a veces, que nos causan, cuando menos, perplejidad. Si los medios de información y la opinión pública se escandalizan, los autores de las sentencias insisten en que las leyes que contemplan las penas para ciertos delitos, no les dan margen para decisiones más duras; quizá sea verdad pero, entonces, no se puede comprender cómo los políticos no se aplican en modificarlas empleando el sentido común. También la interpretación de las mismas por parte de los jueces tiene algo que ver en esto, pues algunas son elásticas como la goma y, claro, la subjetividad en su análisis es inevitable. Ahí están los ejemplos tan divulgados de ciertos violadores reincidentes que están libres porque todavía no se ha sustanciado el juicio o de esos asesinatos cometidos o participados por menores, o delitos monetarios de gran envergadura que, por prescripción u otros motivos han quedado impunes.
En otro orden de cosas hay más casos que ya pertenecen a lo insustancial y frívolo de las actitudes humanas. ¿Cómo comprender que sucedan hechos tan banales como el de hace días en el estadio Bernabéu, en el que sin que se jugara partido alguno, acudieran al campo más de 40.000 personas para ver a un señor fichado por el Real Madrid a precio de oro y demostrarle una fervorosa adhesión y admiración como si fuera un dios? ¿Y cómo se puede explicar que, según se nos asegura, ese elevadísimo dispendio quedará pronto enjugado por los rendimientos económicos que el tal Kaká va a reportar al club? Eso de las camisetas y otros derivados hará el milagro. Fetichismo puro. Y aún queda Ronaldo que, cuando escribimos estas reflexiones, ya se nos anuncia que va a comparecer de inmediato ante quinientos periodistas de todo el mundo y con más de 75.000 espectadores, vamos, un lleno absoluto.

Esto no es nada ante la locura universal que se ha desatado por la muerte del “ídolo” Mikel Jackson. ¿No tiene la humanidad otras cosas en que pensar, más prosaicas si se quiere, pero también más razonables?
Y habría otras muchas cosas más que a un simple y humilde ciudadano poco versado en estas cuestiones, no le entran en la cabeza; leamos, por ejemplo, la incomprensible demora del Tribunal Constitucional para decirnos, por fin, si es no válido el Estatuto de Cataluña, vigente ya aun sin el necesario dictamen de aquel Órgano o la nula consideración que ha tenido del lado político lo que dicen los técnicos del Consejo de Seguridad Nuclear al respecto sobre el cierre de la famosa Central de Garoña, para lo que habían sido requeridos.
En fin, que nos lo expliquen.

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

miércoles, 3 de febrero de 2010

LA MÍSTICA


Me había comprometido hace unos meses con la Directora de CORONDEL con motivo de una breve pero enjundiosa estancia suya en Madrid para recoger un premio de poesía, a enviarle un artículo para la revista sobre un tema que, dada la alta significación e importancia de la materia de que se trata, me hacía dudar y mucho, por mi casi nula capacidad teológica e insuficiencia literaria, de poder abordarlo y estos condicionantes me habían sumido en una profunda pereza. Pero ahora, aprovechando la relación epistolar informática que mantenemos de vez en cuando, me recuerda María Teresa Espasa que considera en pie mi palabra y voy a ver qué me sale.

En verdad que yo tenía una antigua intención de escribir algo en relación con el título que encabeza estas líneas, sobre todo para rendir un modesto tributo de admiración y respeto a la figura y la obra de dos preclaros paisanos míos, expresión viva e intensa del misticismo en su más profunda concepción, que les situó a la cabeza de tal movimiento teológico-literario a lo largo de los tiempos: la santa de Ávila Teresa de Jesús y el fontivereño Juan de Yepes, San Juan de la Cruz. Y aludo al paisanaje porque en las hagiografías de ambos se hace mención a sus estancias en mi ciudad de nacimiento, Arévalo, en una de las cuales, coincidente la madre Teresa con Fray Diego de Yepes, que fue prior de El Escorial y obispo de Tarazona, le oyó referir a la madre Teresa el origen espiritual de Las Moradas, cuyo nombre, incluso, le fue revelado por el Señor. Sabido es y ahora incuestionable, que la Santa nació en Ávila pero habría que decir que hubo un tiempo y unos autores que atribuían su cuna al pueblo de Gotarrendura, muy próximo a la capital; está demostrado que no fue así y que, quizá, obedeciera a que podría haber sido en el siglo XVI un anexo de la ciudad amurallada.

En la literatura mística, ya en el siglo XIII, tuvimos como precursor a Raimundo Lulio, quien tras una visión mística, corrigió el ritmo de sus galanteos y aventuras juveniles y rehizo su vida, dejándonos su Cántico del amigo y del amado, pero fue en el XVI cuando, además de algunos escritores también ascéticos, como Francisco de Osuna, San Juan de Ávila y el mismo Santo Tomás de Villanueva, emergen brillantemente los dos abulenses ya citados. Teresa escribió poco en verso, prácticamente testimonial; fue su prosa “en estilo intencionalmente desaliñado y con abundantes giros populares” como queriendo ponerse en línea con la capacidad de entendimiento de quien no tenía la altura de su inspiración divina. Se dice que su prosa alcanzaba una calidad que no se daría hasta el propio Cervantes. Fue la gran reformista de la Orden carmelitana a la que devolvió a la antigua observancia y la gran fundadora, que sembró de monasterios la geografía del país, faceta que recoge profusamente su Libro de las Fundaciones. Siguiendo la “vía purgativa” característica del ascetismo, escribió Camino de perfección. Y coetáneo con su obra maestra, Las Moradas o Castillo interior, fue el Libro de su vida, interesante autobiografía, amén de dejarnos una amplia y curiosa correspondencia epistolar. Esta egregia mujer, recia y vigorosa en lo espiritual y frágil en lo corporal como da a entender al iniciar la escritura de sus Moradas, se erigió en la primera Doctora de la Iglesia, designada por Pablo VI en 1970. No puedo sustraerme a recoger lo que de ella dijo Fray Luis de León como escritora mística: En la alteza de las cosas que trata, y en la delicadeza y claridad con que las trata, excede a muchos ingenios, y en la forma de decir, y en pureza y facilidad del estilo, y en la gracia y buena compostura de las palabras, dudo yo que haya en nuestra lengua escritura que con ellos se iguale.

San Juan de la Cruz, más joven que ella, por lo que podríamos decir que fue su discípulo, se constituyó en un fiel y entusiasta colaborador de la Santa en su tarea reformista del Carmelo, acompañándola en sus viajes, sobre todo por Castilla, aunque fue significativa su presencia en otros lugares como Úbeda y Baeza, en tierras de Jaén, donde murió en 1591. Tuvo que padecer la hostilidad de sus superiores calzados lo que, con el tiempo, le llevó a prisión en Toledo. Antes había permanecido varios años en el convento de la Encarnación de Ávila, en el que dejó una huella indeleble y del que salieron decenas de monjas para repoblar los primitivos monasterios de descalzas. Soportando, ya en Segovia, infinidad de situaciones, podríamos decir que hasta crueles, hostigándole y despreciándole, fue donde, ante la Cruz de Cristo, le pidió al Señor el padecer y ser despreciado.

La obra literaria del “frailecillo” –era muy bajo de estatura- fue sobre todo en verso, utilizando la lira como modalidad poética y solamente se puede mencionar en prosa su Subida al Monte Carmelo, que no es sino un comentario a su impresionante Noche oscura del alma. Él rechazaba la idea de lo visible y lo creado al escribir su poesía porque se concentraba en sí mismo para no ver sino lo invisible y lo increado; de ahí que algunos consideren sus composiciones poco asequibles por el subjetivismo intenso e inspirado en el amor divino. Ya como final testimonio de todo cuanto queda dicho, es oportuno ilustrar con un fragmento de sus Coplas del alma que pena por ver a Dios este modesto trabajo que, como al principio digo, tenía comprometido:

Vivo sin vivir en mí

y de tal manera espero

que muero porque no muero.

En mí yo no vivo ya

y sin Dios vivir no puedo;

pues sin él y sin mí quedo,

este vivir ¿qué será?

Mil muertes se me hará,

pues mi misma vida espero,

muriendo porque no muero.

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Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

(Revista Literaria CORONDEL, Valencia, Octubre 2007)

domingo, 24 de enero de 2010

EL HOMBRE DE MÁRMOL

La figura de un hombre modelada en mármol rojo de Languedoç, la región francesa del Alto Garona, en contraste con la de otro de mármol estatuario blanco y refulgente, por arte de birlibirloque convirtieron su estatismo, frío y anodino, en entes animados si no en lo físico, por lo incompatible del material que los componía, sí, al menos, si hacemos un ejercicio de fantasía en lo intelectual.
Al fin y al cabo, alguien esculpió la representación real de ambos en el calizo material de Francia y de España y pudo quedarles, aunque petrificado, su cerebro resucitado en el transcurrir de los siglos, que nos permite imaginarnos lo que nos contaron o lo que se contaron mutuamente.
Cuando terminaba el siglo VII de la Historia, reinando los godos en España, Wamba fue entronizado contra su voluntad, amenazado por una espada en el pecho. Seis siglos más tarde, en un encuentro casual, etéreo, por supuesto, le contaba sus contrariedades y penurias a su interlocutor, Felipe III el Atrevido, rey de Francia, hijo de San Luis (Luis XIV). Wamba, enfundado en su manto blanco sobre el pedestal, hizo historia de cómo, al morir Recesvinto, su antecesor, fue obligado a ser rey y, tras una ejecutoria brillante, a pesar de eso, narcotizado por Ervigio, que pretendía el trono, le desposeyó del mismo.
Felipe III el Atrevido, por su parte, perpetuado en el mármol rojo de Languedoç, la región que sometió por completo al conseguir la conquista de Toulouse y de Poitiers, narró a Wamba sus éxitos, echando por tierra la conceptuación de ignorante y falto de talento que existía en su entorno.
La lógica-lógica hizo que, tras estos devaneos, las estatuas enmudecieran de nuevo y siguieran cumpliendo su papel en este mundo: el estatismo y el silencio.


Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

sábado, 12 de diciembre de 2009

AGRICULTURA Y AGRICULTORES

El campo está en efervescencia desde hace tiempo y los agricultores no pueden más y se han levantado en pie de guerra ¿contra qué y contra quién? Hay varios problemas, uno, irresuelto claro, cuya resolución no depende de la voluntad de nadie como es la escasez de lluvia o el exceso, a veces, u otros condicionantes meteorológicos y el otro, bueno los otros, porque son varios, que les hacen afirmar que están –ellos, los agricultores- dejados de la mano de Dios, léase del más mínimo apoyo de las administraciones y, por si fuera poco, a merced de los especuladores e intermediarios, que no sé yo si no son la misma cosa.
No han sido pocas las protestas que han llevado a cabo tanto en Madrid como en capitales de provincia o cabeceras de comarca, donde han llegado a regalar camiones enteros de productos del campo como señal de ese descontento. La última, hace unas semanas, fue masiva y repercutió de manera importante en los medios de comunicación. En verdad que no sé si sirvió para algo; probablemente se habrá escapado de boca de los políticos alguna promesa o expectativa de actuación que ya veremos si cristaliza en algo concreto.
Los que nacimos en una tierra donde la agricultura estaba consagrada como la primera actividad, si acaso acompañada por un comercio de relativa importancia y una industria, entonces, poco menos que nula, vivimos una infancia y una primera juventud rodeados de signos y actividades intensamente rurales, aunque nuestro medio de vida no dependiera directamente de los mismos pero sentíamos como nuestra la vida de esos hombres y mujeres esforzados cuando los medios de producción mecánicos y técnicos no existían y eran sus brazos los que, con la ayuda de los animales, sembraban, cuidaban la tierra y recogían el fruto. Naturalmente, este deterioro que acusa ahora el agro español influye sobremanera en nuestro ánimo y nos gustaría poder hacer algo por evitarlo.
Pero vean este titular de un periódico reciente: Del campo a la mesa, la comida se encarece casi el 500% de media, ¡que barbaridad! Y éste de otro diario: Demanda de precios justos para un mercado sin abusos. No se puede comprender por qué cuando el kilo de aceitunas se paga en origen a 0´45€ puede llegar a venderse al consumidor a 3´90, es decir, con un incremento del 764% o la cebolla con un 1.633% y las patatas y las zanahorias con el 1.100% e infinidad de productos más. Pero decimos que no se puede comprender y lo cierto es que si analizamos el proceso sí que nos lo explicamos. Veamos: al labrador se le paga a pie de tierra, como hemos leído, una miseria; si hemos de creerle (puede que tenga razón) tiene que estar descorazonado y a punto de tirar la toalla pero resiste y protesta. Mientras, el que se queda con la producción, se lo transfiere a un tercero y cuando la cosa llega al que se lo vende al público, habrá pasado, quizás, por más manos. ¿Cómo no nos vamos a explicar esos brutales incrementos entre el origen y el destino. Estamos convencidos de que la fórmula usual de tiempos ya prescritos en que el agricultor, muchas veces de pequeñas explotaciones familiares, iba a ciudades importantes próximas, generalmente cabeceras de comarca o capitales de provincia y ofrecía frutas y hortalizas excelentes a precios muy razonables, claro, no había intermediarios y menos especuladores. La cadena de distribución actual necesita, imprescindiblemente, de los primeros aunque con menos escalas de las que ahora existen, pero nunca de los otros. La teoría del libre comercio legalmente lo impide pero ¿esto es justo? No, evidentemente.

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

domingo, 29 de noviembre de 2009

LA INDUMENTARIA

Desde que los primeros pobladores del planeta, partiendo del Paraíso Terrenal, dejaron de estar desnudos y se cubrieron con pieles de animales para protegerse del frío, la evolución de la indumentaria o vestimenta humana no ha tenido límites y, naturalmente, no habría podido ser de otra forma. Según pasaban los tiempos la gente se vestía de distinta manera, dejando atrás sus antiguas formas de hacerlo, tanto los hombres como las mujeres. La historia del vestido es muy rica en matices y las costumbres no han dejado de ser determinantes a la hora de ponerse algo sobre el cuerpo. Pero ha habido épocas y la actual es una de ellas, en que convivieron infinidad de contrastes simultáneamente y ahora, con toda naturalidad, cada uno viste como quiere y no creo que los adelantados de la moda que tratan de imponer unas tendencias por ellos propuestas, logren que todo el mundo las siga.
Pero puede ser interesante al hacer un análisis, si se quiere un tanto frívolo, volver al recuerdo paulatino de los comportamientos de la humanidad a la hora de presentar ante los demás su habitual indumentaria. No vamos a llegar hasta la Prehistoria por muy avanzados que consideremos algunos de sus períodos porque lo que suponemos que existía es tan remoto que sólo a través de la imaginación de quienes nos lo presentaron nos podríamos hacer una idea más que subjetiva de la realidad de tantos y tantos siglos atrás. No sé si las pinturas rupestres que nos han quedado podrán ser fiables pero no debemos hilar tan fino. Lo cierto es que si nos acercamos ya a las representaciones, sobre todo escultóricas, de la mitología tanto griega como romana, parece que aquello que los artistas nos hacían ver como figuras humanas, carecía de toda ropa que no fuera un sutil velo como mucho, puesto que la Venus de Milo o el Apolo Belvedere, por ejemplo, lucen gran parte de su cuerpo o todo, en el segundo caso. Esto no es más que un apunte genérico que no nos lleva adonde queremos llegar.
Si arrancamos de los principios de nuestra era, en la época de Jesucristo, encontramos que la inspiración de los artistas plasma principalmente un ropaje compuesto por túnicas largas con cíngulo y sandalias y los césares romanos solían aparecer con atuendos amplios, generalmente blancos y envolventes y su corona de laurel. Vamos más cerca de nuestros tiempos (con toda la extensión que se quiera dar a éstos) y situémonos ya en la época de las casacas y las pelucas de los genios de la música del barroco, del clasicismo o del romanticismo, ¿quién no ha visto una imagen de Bach, Mozart o Beethoven de tal guisa?, de los reyes o los nobles de la Corte o de los miriñaques de Las Meninas, por ejemplo, que fueron dando paso a otras formas de vestir, sin olvidar a los vistosos y abigarrados uniformes militares, con su morrión y charreteras o los vestidos de las tropas del Duque de Alba, atuendos ahora utilizados como trajes de gala en determinadas ceremonias como, asimismo, las antiguas dalmáticas que siguen usando los actuales maceros de las Corporaciones.
Pero ya en lo que podríamos llamar, haciendo una pirueta en el tiempo, “años contemporáneos”, algunos de los que todavía vivimos alcanzamos a conocer las formas de vestir de hombres y mujeres que, en esencia, eran para éstas basándose en el corpiño y falda hasta el suelo, tocadas en muchos casos con un sombrerito que a veces era un sombrerazo, y en cuanto a los hombres, traje completo y también sombrero, más común, aunque, según las escalas sociales, se sustituía por la popular boina o gorrilla. Los que vivían en el campo, obviamente, no se atenían a estas reglas del vestir. Otra cosa eran las peculiaridades regionales o locales: las tradiciones que ahora podemos ver en Valencia con los falleros, en Madrid con los chulapos o chisperos y en otros muchos lugares de España con sus fiestas y exaltaciones de lo antiguo, cosas que ya no son usuales en la vida normal. Todo ha cambiado aunque, haciendo honor a la verdad, hay razas o colectividades de individuos con un arraigo tan ancestral a sus costumbres milenarias como los árabes, los hindúes y otras, que siguen ostentando públicamente sus vestiduras de siempre, en especial las mujeres, pero no nos vamos a meter en estas cosas.
Ahora bien, la idea que yo tenía en la cabeza no tiene nada que ver con esas historias más o menos rancias o anacrónicas que he comentado. Pretendo hablar de los tiempos actuales, concretamente de la segunda mitad del siglo pasado hasta hoy. Es cuando verdaderamente hemos notado un giro espectacular de la gente en este tema tan universal. El traje-traje compuesto de chaqueta o americana (según quiera llamárselo) y pantalón clásico, complementado con corbata o pajarita, se ha llevado toda la vida, desde largo tiempo atrás. En casos muy concretos con la cobertura de la típica capa o pañosa, pero esto último ha quedado sólo para los románticos y hay asociaciones conservadoras de tal prenda. Bueno, pues, hasta los años cincuenta / sesenta del siglo XX, el traje era imprescindible y hasta obligado en muchos ámbitos de la sociedad, por ejemplo en oficinas públicas o privadas o en determinadas profesiones; ahora se ha dado el caso de que un juez ha avalado el despido de un agente comercial por ir vestido inadecuadamente teniendo cuenta su cometido, naturalmente, no llevaba traje. En esa época yo recuerdo que en las terrazas de los cafés, en verano, no permitían sentarse sin chaqueta y, por supuesto, en los conciertos nadie prescindía de tal indumentaria, por exigencias de la organización o por voluntad propia de los asistentes. Hoy se va en vaqueros, en camisa y sin corbata. Y a propósito de esta decadencia en el vestir, se nos da en estos días el dato de que hace unos años había en España unos cinco mil sastres, ahora sólo quedan quinientos. Hablamos de los confeccionadores de estas prendas a medida que, por término medio, cobran unos mil euros; en las tiendas o grandes superficies se pueden comprar por 250 a 300.
Y ahora voy a terminar con los jóvenes quienes, a buen seguro, me tomarán manía si no lo han hecho ya por escritos anteriores sobre ellos. Pero, díganme ustedes si no es razonable al menos una pizca de perplejidad cuando vemos a algunos que llevan los pantalones literalmente colgando, pisándose los bajos y exhibiendo impúdicamente la hendidura que los glúteos forman en la zona donde acaba la espalda o, en el caso de las chicas, la exposición a la contemplación pública del ombligo y una amplia zona circundante hasta límites sumamente comprometidos. Esto es la libertad de cada cual, pero el decoro es el decoro, señores.
Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

lunes, 23 de noviembre de 2009

LOS TRENES

Dadas las circunstancias de la vida, que no son otras que los años transcurridos, muchos ya, ha tenido uno que viajar bastante, unas veces por necesidades profesionales –las menos-, otras, por placer o divertimento -las más- varias, en fin, por motivos familiares, buenos y malos, que de todo hubo y, naturalmente, se han utilizado los más variados tipos de transporte, desde una pintoresca y modesta tartana tirada por un dócil caballo hasta los más rápidos trenes que se han incorporado al parque de los ferrocarriles españoles. Desde pequeño tuve una pasión desorbitada y no muy comprendida, ni por mí mismo, por el tren, algo así como lo que los niños teníamos y tienen todavía por los bomberos. Y de éste quería yo hablar. Creo recordar, ya en la lejanía de los tiempos, a poco de terminar la guerra civil, tuve mi primera experiencia o contacto con el ferrocarril; yo era pequeño y aún no había comenzad0 el bachillerato. Fue protagonista un tren de los llamados Expresos, que salía de Madrid por la noche y llegaba a la periferia asturiana ya bien amanecido el día y era relativamente cómodo para aquella época. Naturalmente, en su estructura primaba la madera y disponía de departamentos para ocho o diez personas, según categoría, con unas plataformas exteriores a ambos extremos del vagón; circulaba por la izquierda y venía a invertir en el trayecto hasta la costa unas ocho o nueve horas. Creo que llevaba viajeros de pie como lo hacían generalmente casi todos los de entonces y me viene a la memoria (ya bastantes años después) el nocturno de Madrid-Albacete-Valencia que yo utilicé varias veces para dirigirme a mi lugar ya vitalicio de veraneo, Denia; ése sí que iba literalmente hasta los topes y aquí el dicho es más que apropiado, había que subir el equipaje y enseres, si se llevaban, por las ventanillas, otra alternativa era imposible. Se transbordaba en Carcagente (Valencia) y se tomaba otro tren, este de vía estrecha, ya desaparecido y enlazo aquí con este tipo de convoyes de los que aún circulan algunos y que, muy mejorados hoy día, evocan un pasado meláncolico y hasta romántico de una época que ya no volverá.. Tuve ocasión de utilizar el tren Vasco-Cantábrico, de Santander a San Sebastián, de vía estrecha, como los citados, y poco confortables. Eran lentos de por sí, pero admitían el famoso kilométrico que, a buen seguro, a las actuales generaciones no les sonará de nada, pero era muy útil, algo así como las tarjetas pre-pago de los móviles de ahora, se compraban kilómetros de viaje y se iban consumiendo en los itinerarios de ferrocarril de los desplazamientos hechos. Tendríamos que dejar constancia de los túneles por los que pasaban aquellos vetustos medios de transporte y tengo especial recuerdo del llamado “La Perruca”, uno de los más largos de entonces, bajo el Puerto de Pajares, entre León y Asturias, por cuanto, como los trenes eran de carbón, si no cerraban herméticamente las ventanillas, se producía una situación agobiante e irrespirable por el humo. Otro trayecto, éste sí que pintoresco, era el que hacía en la isla de Mallorca, entre Palma y Sóller, un trenecito casi diríamos que romántico, que discurría embutido en una vegetación exuberante con árboles frutales, que se tocan desde las ventanillas. No sé si existirá aún, creo que sí. Una última cita respecto a este tipo de trenes que han estado y aún algunos están prestando servicio desde hace muchos años y que podemos considerar como modestos y populares; se trata en este caso de uno muy peculiar, de corto trayecto pero de una gran utilidad. En efecto, miles y miles de madrileños han podido disfrutar de la Naturaleza y de la nieve en concreto, ascendiendo a los Puertos de Navacerrada y Cotos desde Cercedilla, pasando entre maravillosos paisajes y la presencia de bellos animales. Muy recomendable hacer ese viajecito para los que no lo conozcan.
Pero todo cambia, la ciencia avanza y ya en la época que podemos llamar “contemporánea”, los trenes de los que disfrutamos son espléndidos, muy cómodos, muy rápidos, con alguna excepción que al final comentaremos. Utilizamos los Ter, los Taf, ya desaparecidos, el Talgo, que fue sensación en su época dorada, aunque todavía ruedan por ahí (a Galicia y a Asturias fui en ellos no hace mucho), el Alaris, el Alvia y, finalmente, los modernos AVE. Qué sensación cuando nos plantamos en Sevilla en poco más de dos horas y, aún menos, en Zaragoza, en poco más de una, con una suavidad de rodaje –vamos a ser un poco exagerados en la afirmación- casi como el vuelo del avión. Y ahora, la excepción de que hablábamos (habrá más, seguro) que no es otra que un tren regional a Soria (ya saben, Las Edades del Hombre). En realidad no era un tren, pues sólo tenía un vagón y parecía un simple tranvía. A Soria viaja poca gente desde Madrid por ferrocarril de tal modo que íbamos unas doce personas y el revisor, muy agradable y comunicativo, por cierto, dándonos conversación mutuamente, por lo que las tres horas de trayecto se nos hicieron más livianas. Tantos años de tren dan para mucho.

martes, 17 de noviembre de 2009

LITERATURA Y LENGUAJE



Inmersos como estamos en la “vorágine” actual del Lenguaje que es el medio de expresión en la Literatura, que soporta los cambios que le imponen los usos y costumbres y los nuevos descubrimientos de la Ciencia, hurgando en los anaqueles que nos legaron nuestros antepasados, nos hemos encontrado con un curioso libro datado en 1902, centenario, por tanto, que escribió el profesor Mario Méndez Bejarano y prologó el eximio Nobel don José Echegaray. Como preludio consta un dictamen de la Real Academia Española a instancias del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Para escribir este trabajo vamos a sustentarnos en dicho Tratado, pues, en realidad, es tal, así como en otra publicación contemporánea, relativamente reciente se puede decir, del académico Fernando Lázaro Carreter, ya fallecido, titulado El dardo en la palabra, continuado por otro de parecido título, sólo anteponiendo al primer sustantivo el adjetivo nuevo y de semejante contenido.


El autor de la obra centenaria que comentamos la divide en doce Libros con sus correspondientes capítulos, epígrafes y subepígrafes consiguientes y que constituyen un tratado amplísimo y completo sobre la Literatura. Apuntamos alguno de ellos únicamente, por no hacer exhaustiva la lista: Concepto de la Literatura. Hace aquí el profesor Méndez Bejarano un distingo al hablar de la expresión (la etimología dice que Littera –Literatura- es tratado de aquélla), pero no toda expresión ha de considerarse literaria “puesto que en la vida vulgar todos hablamos y escribimos, sin que por eso pueda decirse que cultivamos la Literatura”. “... en este orden de expresión debe latir un elemento de belleza y, por consiguiente, de orden, del que carece la expresión vulgar”. Menciona luego a dos ilustres académicos de la Lengua de mediados del siglo XIX, don José Fernández Espino, autor de varios libros como “Literatura General” y “Estudio de Literatura y crítica”, que definía a la Literatura como el arte que imita la Belleza por medio del Lenguaje y, el segundo, don Francisco de Paula Canalejas y Casas, quien fue presidente de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, que, en parecidos términos, hacía la afirmación de que era –la Literatura- manifestación artística del pensamiento humano por la palabra hablada o escrita. La Literatura como ciencia y como arte, La Preceptiva, La Retórica, La Estética, Sujeto del Arte Literario (El Escritor), Objeto del Arte Literario (La obra literaria), La Palabra-Del Lenguaje y, naturalmente, dedica también unos capítulos a la Poesía, a la Versificación.

Pero, volviendo a la expresión vulgar y la expresión literaria a que se alude más arriba, entramos en otros apartados relativos a la palabra y sentencia Méndez Bejarano que la literaria es un estado de la palabra superior al vulgar, en armonía con la alteza de su misión. “Comenzando por la dicción, veamos qué condiciones para el lenguaje vulgar indiferente son imprescindibles para la palabra literaria: Pureza, corrección, claridad, propiedad... La virtud de hablar con propiedad consiste en que exprese la idea de una manera exacta e íntegra” Viene a seguido un análisis exhaustivo que recoge los vicios y las impropiedades más frecuentes a la hora de expresarse incluso particularizándolos geográficamente y dando una especial importancia al laísmo y al leísmo, estos dos, por cierto, frecuentísimos en el habla de los ciudadanos de hoy día, aunque parece que entonces, también. Y esto nos da pie para desembocar en lo referente a esos otros libros que señalábamos al principio, “El dardo en la palabra” y su continuación “El nuevo dardo en la palabra”, de Lázaro Carreter , recopilando una serie de artículos periodísticos que había publicado el autor en varios medios impresos de España y América. Hace ahora cuatro años que escribíamos un artículo al respecto pero incidiendo más que en la utilización incorrecta de las palabras o de las frases, es decir, en los vicios de dicción, en la incorporación de vocablos absurdos y deleznables en cierto modo, al habla general, que se difunden y se acogen con rapidez por la sociedad y que, por aquello de la riqueza del idioma, llegan a ser bendecidos por la Real Academia Española. Lamentable es, de por sí, que cuando existen en español tantos y tantos sinónimos para llamar a una cosa, haya quien conculque las reglas por la imposición sistemática de tales giros o voces absolutamente incorrectos que se inventa no sabemos quién y que, con el tiempo, llegan a gozar, como decimos, del beneplácito de la Academia que los “legaliza”. El que fuera Director de la misma desde 1991, decía: “Procurar que el idioma mantenga una cierta estabilidad interna es un empeño por el que vale la pena hacer algo, si la finalidad de toda lengua es la de servir de instrumento de comunicación dentro del grupo humano que la habla, constituyendo así el más elemental y a la vez imprescindible factor de cohesión social: el de entenderse” Y seguía refiriéndose a las dos tensiones existentes, la de permanecer y la de cambiar, esta última manifiesta una indisciplina que hace peligrar la intercomunicación entre millones de hablantes. En los párrafos transcritos del ilustre académico está, creemos, la clave del asunto y recalcamos el término de indisciplina, que tiene mucho que ver con ello; ¿acaso es lo mismo incorporar cliché, parqué, chalé, para cuyas palabras no teníamos en castellano otras semejantes, que relax (existe relajamiento) o fútbol (que equivale en nuestro idioma a balompié, que ya sabemos que se ha quedado en desuso, pero que definía con toda precisión el deporte practicado con los pies y una pelota?) De todos modos, estas dos últimas las incorporó la Academia utilizando los anglicismos de donde provenían, pero ¿qué decir de estas otras “perlas” del lenguaje de la calle más absurdo e impropio como cuánto me mola, comer el coco y la más famosa de gilipollas, cuando ya teníamos otro término cuya acepción es idéntica al que ahora se ha admitido, que era gilí sin necesidad de añadirle nada?. El “lenguaje” de los mensajes telefónicos SMS que, en aras de una supuesta comodidad y economía, está acabando con las comas, los puntos y los acentos gráficos y donde no se distingue la ortografía de la B y la V, de la Q y la K, de la H, etc., ¿lo tendremos que asumir también?


Parece que estas cosas son derivadas de la relajación existente en el acercamiento a la Cultura y, principalmente, de esa lacerante indisciplina que sufre el lenguaje porque hoy se llama cultura a cualquier cosa. Sería más lógico que los ilustres académicos y los que se dedican a la docencia de las Letras trataran de “entrar” en las mentes de esos individuos que se inventan palabras raras e incorrectas, para que se corrigieran y no al revés porque, si no, lo de “limpia, fija y da esplendor”, con todos los respetos, parece contradictorio con la realidad.


Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

viernes, 23 de octubre de 2009

LOS REGALOS



Entre las costumbres sociales más practicadas que podríamos calificar de obligado cumplimiento, tenemos que considerar el regalo, la dádiva. ¿Quién a lo largo de su vida no ha hecho o recibido alguno? Es una como una norma incardinada en la sociedad que se remonta a tiempos imposibles de precisar, puesto que en nuestros intentos de averiguarlo hemos llegado a épocas anteriores a J.C. con la celebración de las fiestas romanas de las calendas y las idus, en las que ya se practicaba pero más por rito obligado que por convicción afectiva o cariñosa. Al margen de esto, el regalo en términos estrictos tiene o debería tener un componente afectivo pero, ahora, hay muchas vertientes que desvirtúan esa esencia propia de cariño y aprecio hacia el receptor del mismo por parte de quien lo hace.
No vamos a considerar al mundo de los niños cuando llegan las fiestas de Navidad o Reyes, ya sean los obsequios de los Magos o de Santa Claus o, como ellos dicen, Papá Noel. Los mayores, en esas fechas y a lo largo del año, se hacen regalos mutuamente pero, como decimos antes, no siempre obedecen a un impulso de gratitud, de admiración o de amor. Muchas veces vamos a remolque del enfoque comercial que tienen determinadas fechas y que promocionan generalmente los grandes centros con la adhesión lógica de los pequeños establecimientos, pero aquí se pierde la espontaneidad y la frescura del hecho puntual que caracterizaba al regalo sincero y afectivo de toda la vida.
Pero si nos perdemos ya en el ámbito de la variedad y de la motivación que tenemos para regalar algo a alguien, sería demasiado. No es fácil en estos tiempos elegir aquello que pretendemos sea del agrado del recipiendario porque se dice que tiene de todo; entonces nos rompemos la cabeza y, al final, a lo mejor cargamos con una cosa que no agrada especialmente a nuestro obsequiado o, a lo peor, ya lo tenía. De ahí que, cuando se trataba de corresponder a la invitación a un enlace matrimonial antes de que existieran las famosas las famosas “listas de bodas” que surgieron hace tiempo, los futuros contrayentes recibían numerosos juegos de café, cristalerías de todo tipo, lámparas… Fueron aquéllas un alivio para la incertidumbre que se nos presentaba a la hora de la decisión electiva. Pero esto tampoco fue la panacea porque –todos sabemos- los interesados llegaban en muchos casos a un acuerdo con la firma comercial para cambiar unas cosas por otras que no estaban en la citada lista, por lo que nunca sabíamos cuál habría sido el regalo procedente de nuestra decisión. Ahora, ya más recientemente, los novios se acogen a una idea que, esa sí, disipa por completo las dudas del invitado: el número de una cuenta bancaria a la que podemos hacer el ingreso correspondiente y no hay ningún problema, se hace el mismo proporcionado a lo que calculamos será el coste del banquete, si acaso un poquito más y todos contentos. Esta fórmula viene funcionando bien, aunque la discrecionalidad que suponía la compra directa del regalo (objeto) se ha perdido porque ahora se sabe cuánto nos gastamos.
Sería curioso relatar la infinidad de situaciones que comportan y definen la importancia, la calidad y la justificación en suma del regalo, unas veces porque nos sale del alma cuando se lo hacemos a la esposa/o, a los hijos, nietos o grandes amigos y otras, porque no tenemos más remedio al mediar el indirecto provecho propio (no piense nadie que vamos al hilo, al decir esto, de los presuntos escándalos que nos abruman ahora y antes); hablamos, por ejemplo de esos pisos o apartamentos que determinados maridos infieles regalan a sus “amiguitas” u otros presentes por el estilo y precio. En un plano menor, los obsequios en especie que los bancos dan a sus clientes a cambio de depósitos, nóminas domiciliadas, etc. y estos sí que tributan a la Hacienda pública, pero no vamos a seguir la retahíla. El regalo, en suma, es intrínsecamente un detalle de cortesía, afabilidad y, a veces, de elegancia que se agradece en cualquier caso como corresponde. Pero hay uno absolutamente impagable por lo valioso: cuando nace un niño, a los padres y los abuelos no se les puede gratificar mejor en esta vida. ¡Qué lástima que haya quien no comparta esta evidencia que la Naturaleza nos ofrece!

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

domingo, 11 de octubre de 2009

EL MAESTRO



Hace unos días hemos conocido un episodio verdaderamente lamentable y penoso ocurrido en Valencia (no sé ahora si en la capital o en alguno de los pueblos de la provincia), ha muerto un ciudadano que se hallaba en coma como consecuencia, según parece, de una agresión presuntamente cometida por un alumno; se trataba, lógicamente, de un profesor.
No es nuevo este hecho puesto que, aunque sin efectos tan trágicos, se vienen produciendo cosas así con más frecuencia de la fuera de desear, es decir, no sería de desear nunca. ¿De dónde viene el germen de esta situación? La figura del profesor o del maestro, que éste es el término paradigmático de siempre, aunque más de épocas pasadas, era algo así como un ejemplo a seguir, como un ser al que se le consideraba y respetaba con vehemencia, alguien a quien todos le debían el mérito y el trabajo bien hecho para situar a niños y jóvenes que le encomendaban sus padres para que su vida en la sociedad en la que se iban a ver inmersos les resultara más fácil y gratificante. Los educandos pequeños veían al maestro como su segundo padre o madre y los más mayores fiaban a él sin condiciones la adquisición de los conocimientos que necesitaban para desarrollarse y poder competir con éxito ante los horizontes más comprometidos que la educación superior y la universitaria, en su caso, les iban a exigir. Citar a don Fulano o don Mengano, que eran sus maestros, suponía un respeto y una gratitud incuestionables.
A lo largo de los tiempos, incluso en éstos que vivimos, hemos sabido de agasajos y homenajes sin cuento a estos sacrificados profesionales de la enseñanza cuando ya los años les han apartado del ejercicio de su noble función social. Sus antiguos alumnos, amigos y familiares se han volcado y rivalizado en sentirse como seres privilegiados por haber contado con un preceptor tan cariñoso, tan esforzado, tan eficaz con ellos. Y en televisión y en el cine la figura del maestro ha sido tratada no pocas veces, mostrando sus virtudes y dejando patentes sus carencias y sus precariedades económicas.
Hoy día los profesores –utilicemos ya el término más actual- ya no están tan mal considerados en el aspecto salarial, pero han pasado de ser ídolos de sus alumnos al desdén, la falta de respeto o la vejación en bastantes casos. Me preguntaba al principio por el germen de este cambio drástico y lamentable. Las costumbres han degenerado sustancialmente en facetas de la vida como éstas; por lo pronto, a un docente, del grado que sea, no se le habla de usted en muchas ocasiones aunque la diferencia de edad sea considerable, los padres no le respaldan en bastantes casos, se les discute y se les niega la facultad que siempre han tenido de mantener la disciplina al menos en la clase, se trata de llevar la iniciativa por parte de los alumnos, unas veces por sí mismos y otras, amparados en leyes o normas que les permiten disponer a su antojo de las horas lectivas y tomar la decisión si les apetece, de dejar de asistir a clase con el sólo aviso de que lo van a hacer; esto, legalmente, está autorizado. ¿Dónde se ha visto semejante disparate? De aquellos polvos vienen estos lodos y las agresiones seguirán mientras no se ponga coto a ellas como sea.
Termino con una anécdota si se quiere llamar así, ocurrido cuando yo estudiaba los últimos cursos del antiguo bachillerato universitario. Se daba la circunstancia de que acababa de incorporarse un joven profesor de matemáticas que, casualmente, era tío carnal de dos de mis compañeros, los que en la vida privada, como es normal, le tuteaban; en la clase, como todos los demás, le trataban de usted y él a nosotros también. No les fue fácil acostumbrarse, pero es que muchas veces hay que guardar las formas. ¡Ah! Y que no se me hable de hipocresía, por favor.

viernes, 18 de septiembre de 2009

LAS HUMANIDADES

Dice la etimología que las Humanidades son las Letras humanas y como acepción, “Literatura, especialmente la griega y la latina”. Precisamente, hace un par de años escribí un artículo en CANFALI que titulaba “Las raíces griegas y latinas”, poniendo el énfasis en el origen de ciertos términos de las lenguas españolas en esas dos culturas clásicas y en la poca atención, por no decir nula, que se presta hoy día a tales antecedentes.

Pero ahora me voy a permitir introducir bajo el título otras materias y no sólo la Literatura aunque la Humanística se defina como el movimiento literario de estudios y erudición, de cultivo y conocimiento de las Letras humanas, Humanae literae, que así se llamó en el siglo XIII a los escritos de los antiguos y studia humanitatis según la expresión de Cicerón, refiriéndose a la “aspiración de los modernos de asimilar el espíritu de aquéllos para hacerse moralmente mejores, interpretando el humanitas en el sentido de educación. Y aquí quería yo ir a parar. Este término abarca todo cuanto pueda contribuir a formar, a culturalizar y a forjar individuos capaces de hacer un mundo mejor, con la ventaja para los de ahora que cuentan con los instrumentos técnicos y científicos más avanzados; aquí se deduce claramente el complemento de éstos pero no la inclinación a desechar aquellos materiales didácticos indudablemente valiosos, que muchos creen obsoletos y prescindibles en la educación actual.

Viene esto a cuento de que, como todos habremos escuchado o leído últimamente, España está aferrada a los últimos lugares de la lista mundial de países en cuanto a nivel educativo se refiere y no hace falta profundizar. Un muchacho inmerso ya en la Secundaria -como prototipo- conoce perfectamente lo que es un giga, un pen drive, un MP3 o cosas parecidas, pero, a la vez, si se le pregunta, ignora los más elementales conocimientos de historia, geografía y hasta -¡pásmense!- la simple aritmética. Ya sé que estoy exagerando o magnificando la situación, pero permítanme que les cuente lo que vi hace unos días en una cadena de televisión como resultado de una pequeña encuesta que realizaron entre algunos estudiantes, chicos de catorce-dieciséis años, a quienes preguntaban cosas como éstas: ¿Quiénes fueron los Reyes Católicos?, respuesta: Don Juan Carlos I y Doña Sofía. ¿A qué Comunidad pertenece la provincia de Cuenca?, No lo sé. Otra ¿Y la de Alicante?, Andalucía. ¿Quién fue Quevedo?, Un pintor. ¿Cuál es la Constitución vigente actualmente en España?, La de 1812. ¿El participio del verbo decir?, (encogida de hombros y no hubo respuesta) Pero ahora viene lo mejor, perdón, lo peor: ¿Cuántos son nueve por seis? Asombroso, ninguno de los dos preguntados dio con la respuesta (¡Ay, las calculadoras!).

Las Humanidades no interesan pero, como se ve, tampoco las matemáticas, la configuración geográfica del país y hasta sus Leyes fundamentales. ¿Nos vamos a seguir cruzando de brazos y decir que eso no tiene importancia? No olvidemos el “ranking” educativo con que nos sonrojan a los españoles nuestros compañeros europeos y los demás.


Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

viernes, 10 de julio de 2009

EL DESTINO

EL DESTINO


Dicen que todos los humanos tenemos ya, de por vida, toda nuestra existencia predestinada, pero nadie nos dice, porque nadie lo sabe, qué cosas nos van a pasar. Bueno, sí, hay algunos iluminados que nos lo dicen, aunque ellos tampoco lo saben, pero eso de los poderes adivinatorios que tienen conferidos –aseguran ellos- no sabemos por quien, a mí no me convencen, ni a la mayoría de la gente; sólo algunos de mentalidad blanda creen en eso.
Lo cierto es que, poco a poco, vamos sabiendo hacia dónde nos encamina el destino y los hechos pasados ya nos han ido descubriendo lo que se nos tenía reservado y hasta ahí llegamos; lo porvenir sigue siendo un enigma. Ahora bien, las decisiones que tomemos en un momento determinado ante la presencia de un dilema difícil (creo que todos lo son), ¿pueden alterar en algo lo que nos pudiera pasar en el futuro? Pues tampoco lo sabemos, aunque ocurra lo que ocurra, siempre diremos que era el destino que lo tenía así previsto.
¿Y qué es el destino? Pues, algo bueno o malo según el diccionario que dice, por un lado, hado, suerte, fortuna, aunque luego añade encadenamiento de los sucesos como fortuito o casual o como necesario o fatal, es decir, malo. Hasta qué punto lo será que, fatalmente, el destino final es la muerte. Pero hay que ver que morbosa es la gente, pues ¿no les gusta saber a algunos qué día se van a morir? Y digo esto porque he visto en Internet anuncios de esa clase de adivinos que embaucan a los incautos ofreciéndoles predecirles cuándo va a ocurrir tan infausto suceso. Como decía “El Guerra”, hay gente pa’ to…
El vocablo que nos ocupa y el concepto que encierra en alguna de sus definiciones, mereció ya la atención de los clásicos y, así, el propio Cicerón escribió con ese título un Tratado filosófico, en el que rechazaba las teorías sobre la fatalidad (que al fin y al cabo es consecuente con el destino) y ya en los albores del siglo XIX, un alemán, precisamente discípulo de Kant, Johann Fichte, publicó su obra “Die Bestimmung des Menschen” (El destino del hombre), en la que funda en la conciencia la realidad del mundo exterior.
En fin, que, como se dice coloquialmente, lo que nos tenga destinado la Providencia, sea lo mejor posible.

Jesús GONZÁLEZ FERNÁNDEZ

Publicado en CANFALI MARINA ALTA de Denia el 6 de Junio de 2009.

miércoles, 21 de enero de 2009

LA FARMACIA DOMÉSTICA

En esta era de la Humanidad en que todo vale, se han abierto en los domicilios particulares unos pequeños habitáculos para alojar, en revoltijo perfecto casi siempre, el cúmulo de medicamentos de que nos servimos para mantener nuestra salud o mejorarla al menos, unas veces acertadamente (cuando han sido prescritos por el galeno) y otras, con una irresponsable imprudencia. Lo cierto es que, bien porque nos ha quedado un sobrante de aquéllos y no queremos tirarlos, por si acaso, o porque los hemos comprado siguiendo la creencia de que nos van a beneficiar para un determinado mal –lógicamente, de poca monta-, sobre todo si nos los “ha recetado” alguien a quien le ha ido muy bien con ellos, tenemos acumuladas cajitas y cajitas, frascos y frascos en lo que antes sería un modesto botiquín casero, con esparadrapos, algodón., alcohol o mercromina y alguna aspirina que otra, pero nada más.
Como es natural, a medida que la edad avanza y con ella, los achaques, es más abundante el arsenal de fármacos que poseemos y el número de pastillas o jarabes que consuminos. Conocí hace algunos años a un casi vecino en la Sierra madrileña, que era un sastre acreditado y vestía a personalidades de alcurnia y prosapia (que, por cierto, le pagaban peor, según decía, que otros clientes de menor fuste), que llegaba a ingerir hasta diecinueve unidades diarias de medicamentos diversos, cifra que a todas luces tenía que parecernos exagerada pero que seguramente sería cierta. Uno toma ya más de dos y más de tres especialidades distintas, tantas como dolencias comunes y razonables que acusa a estas alturas de la vida y así nos vamos bandeando. Por lo menos no faltan las ganas de comer, se anda lo que se puede, se nada –ahí, en Las Rotas sobre todo- y se llega a correr para alcanzar el autobús cuando se nos escapa, lo que quiere decir que algo bueno tendrán los fármacos. Pero de esto a que nos dediquemos a coleccionar estuchitos de cartón con parte de su contenido dentro, no parece sensato y menos si la fecha de caducidad está ya trasnochada.
Nadie o casi nadie duda de que las farmacias son establecimientos indispensables y parece imposible que alguien, a lo largo de su vida, no haya tenido necesidad de acudir a ellas, siendo los bebés desde sus primeros días de existencia sus clientes inexcusables, ¿quién no ha usado el entrañable y consolador chupete de toda la vida, así como los primeros biberones cuando la lactancia materna no ha sido posible? No pocas veces se ha dado el caso de que los padres, él o ella, han tenido que salir de casa, incluso a altas horas de la noche, para restituir con urgencia el imprescindible y popularísimo elemento que se había extraviado -“ñaña” lo llamaba mi nieta, no sé por qué-, para ponérselo en la boca al infante, y calmar al instante los desesperados y desesperantes lloros de los pequeños. Y qué decir de los espantosos dolores de muelas que, quien más quien menos, hemos padecido en ocasiones y que la solícita ayuda de los farmacéuticos de guardia nos ha aliviado tantas veces. Analgésicos, antiespasmódicos, diuréticos, antihipertensivos, ansiolíticos, antiinflamatorios, antitusígenos, antipiréticos, antihistamínicos y muchos “anti” más, genéricos o de marca, abarrotan los anaqueles de lo que antiguamente llamábamos boticas, ahora farmacias y también oficinas de farmacia como nombre oficial, que se han modernizado e informatizado hasta cotas increíbles, como hemos visto en algunas de Dénia en las que, sólo pulsando una tecla de los ingenios informáticos instalados en los mostradores, bajan por las espirales de una especie de toboganes, al instante, los medicamentos solicitados.
Y aunque no es utilizado exclusivamente por los laboratorios farmacéuticos y sus terminales de venta, puesto que es ya de uso universal en todos los envases habidos y por haber, hemos de hacer mención al ya famosísimo código de barras, cuyo trigésimo aniversario se celebra en estos días. Ya no existe la mención en “cristiano” del precio de los artículos en ningún establecimiento, prácticamente, pero sí estaba impreso en cifras hasta hace poco, en las farmacias aunque figurase el código de barras, pero ya no, ahora hay que pasar éste por el “aro de la electrónica” para que nos diga cuánto vale lo que adquirimos. Pero, aunque parezca mentira, todavía quedan farmacias, incluso en Madrid, no informatizadas, donde tienen que valerse de la estampación manual del precio, a partir de los albaranes de entrega de los almacenes suministradores. ¡Qué cosas!